
Llamo al timbre de su voz y me cuenta que de pequeño fue niño feo y suicida. Ídolo con pies de barro, posteriormente moldeados a su gusto. Como debe ser. Ha dado varias veces la vuelta al mundo, poniéndolo del revés y siendo así de los pocos que le han visto las costuras. Sus manos gesticulan con nerviosismo y sus ojos recorren la habitación para entretenerse mientras conversamos. Se deslizan bajo la alfombra, se detienen frente a un espejo, recolocan algún cuadro torcido, hacen cosquillas a las patas de la gran lámpara de araña que cuelga dormida sobre nosotros… En el antiguo salón, decorado con un gusto exquisito, bebemos té azul marino servido en delicadas tazas de mimbre. Me enseña su colección de estornudos, que guarda en un gran frasco de cristal bajo la cama. Ata los cabos sueltos y retoma la historia de cómo consiguió cazar esa gamba cuya cabeza exhibe disecada en un marco sobre la chimenea. Me dice que siempre viaja ligero de equipaje: con una maleta llena de polvo y con los bolsillos llenos de aire. Es un orfebre del fallo, un perfeccionista del error. En su pequeño circo, los enanos hace tiempo que crecieron y fueron devorados por los leones. Y de nuevo me repite que nació sabiendo lo suficiente y la vida lo ha ido convirtiendo poco a poco en un ignorante. Pero admite que, después de todo, él también ha vivido. Y todavía resiste. Ni siquiera la brisa de un parpadeo logra hacerle besar el suelo (él es de los que prefieren dejarse besar) Mantiene la esperanza en equilibrio sobre su cabeza a pesar de todo. A pesar de todos esos tipos que aseguran tener un autógrafo de Dios y que dicen ofrecer alivio mientras llenan las almas de cicatrices. A pesar de los recuerdos, algunos como una suave brisa otros como agujas bajo las uñas. - "Siempre es mejor que sentarse a esperar a la muerte" Y de esta forma sigue avanzando. Como un funambulista sobre un alambre de espino. Aunque ya sepa de sobra que tan sólo se trata de una cacería contra el tiempo, los rifles cargados con munición de corcho. Aunque algunas noches, el filo de las estrellas corte como una cuchilla. Aunque en un rincón de esta casa aún arda un corazón empapado en lluvia.