
Una de las grandes necesidades propias del ser humano es la de satisfacer su sentimiento de identidad. El individuo necesita formarse un concepto de sí mismo, poder decir y sentir: "Yo soy yo", de tener conciencia de él mismo y de su vecino como personas diferentes; ser capaz de vivir como el protagonista de sus acciones. Una de las características propias del desarrollo de la especie humana es alcanzar el suficiente conocimiento de sí mismo que le permita tener conciencia de independencia individual. Pero para conseguir este logro debe saber establecer correctamente su relación con la sociedad, su vinculación con el "clan". Aunque en los últimos siglos la cultura occidental se ha desarrollado en el sentido de crear las bases para un sentimiento de individualidad, enseñando al hombre, supuestamente, a pensar por sí mismo y liberándole de toda presión autoritaria, sólo una minoría de individuos parece haber alcanzado plenamente este sentimiento del "yo". La mayoría de personas aún necesitan una serie de "sustitutivos" sociales que sirvan para cubrir esta necesidad de identidad: la religión, la nación, o el "status" social son buenos ejemplos de ello. En la medida que el individuo no es diferente al resto, que es como los demás, la sociedad lo verá como una persona "normal". Todo ello produce una identidad excesivamente gregaria, donde el individuo se conforma con las opiniones y las ideas de la mayoría (aunque, en muchas ocasiones, esta conformidad no se reconoce como tal y se disfraza con una ilusión de individualidad). Pero es preciso recordar que aunque la mayoría de las personas compartan una serie de ideas y sentimientos no quiere decir que éstos sean válidos. La validación por consenso, como tal, nada tiene que ver con la razón. El hecho de que millones de personas compartan los mismos vicios no convierte estos vicios en virtudes; el hecho de que se compartan muchos errores no convierte a éstos en verdades.